25 de marzo de 2026
Trail

Crónica de las LXVII Millas Romanas por Antonio Rubio – Sons of workout

Antonio Rubio, Sons of Workout nos cuenta su particular edición de las LXVII Millas Romanas de Mérida.

Viernes, 23:00 horas. Alcuéscar.

Mientras más de mil personas preparaban sus dorsales y dormían calientes en Mérida esperando la gran salida del sábado, yo estaba de pie, solo, bajo la lluvia, frente al cartel del pueblo.

Los pocos vecinos que pasaban por allí me miraban sin entender nada. «Pero muchacho, si la carrera sale mañana desde Mérida, ¿qué haces tú aquí de noche?».

Con una sonrisa les expliqué el absurdo logístico de mi plan: iba a correr las Millas Cortas (44km) de madrugada, en solitario, para llegar a Mérida a las 6:00 a.m. y empalmar con la salida oficial de las Millas Largas (100km). Dos carreras. Un solo cuerpo.

LA NOCHE: EL TRANCE

Si tuviera que definir esos primeros 44 kilómetros, la palabra es «Vacío». Soledad, lluvia constante y una calma absoluta. Para muchos, la noche es el infierno de las ultras; para mí, es un estado de trance. Una meditación en movimiento.

Mantuve el ego atado en corto. Ritmo cómodo, caminando cuando tocaba, controlando el pulso y comiendo por puro protocolo de reloj. Devoraba kilómetros en la oscuridad celebrando cada paso por las zonas donde, horas más tarde, habría avituallamientos llenos de gente.

A medida que avanzaba la madrugada, el frontal empezó a morir, y con él, mis ojos. Aprovechaba las farolas de los pueblos para apagarlo, dándole un respiro a la batería y a mi fatiga visual. A 3 kilómetros de Mérida, la luz dio sus últimos destellos. Daba igual. Ya me sabía el camino.

Entré en la primera meta a las 04:55 a.m. Tenía exactamente una hora para resucitar.

Mi mujer me esperaba. Fui a casa (vivo a dos minutos del Acueducto), me cambié de ropa, me metí un café hirviendo y una sopa en el cuerpo para engañar a la hipotermia, preparé la munición para los 100km y volví a bajar.

EL BARRO Y EL EGO

Sábado, 06:00 a.m. De nuevo bajo «Los Milagros». Sigue lloviendo. Sigue siendo de noche. Pistoletazo de salida.

El tramo hasta Valverde fue una odisea de barro. Llevaba ya un maratón en las piernas y sabía que un resbalón tonto me dejaba fuera del juego, así que me moví con cautela. Con el amanecer llegó la luz, la gente y las conversaciones. Cuando me cruzaba con otros corredores y les explicaba lo que estaba haciendo, las caras eran un poema: «¿Cómo? ¿Las dos? ¿Pero cómo?». Yo me reía. Era un puto desafío logístico, pero la máquina estaba respondiendo.

A las 13:30 del mediodía entré de nuevo en Alcuéscar. El mismo sitio donde estaba la noche anterior a oscuras, ahora lleno de luz y caos. Era la Base de Vida (Km 90 en mis piernas).

Entré y salí. Cogí geles, barritas e isotónico. ¿Cambio de calcetines? Negativo. Tolero bien la humedad y prefería no darle tiempo a mi cerebro a enamorarse de una silla. Salí rápido a por los 50 kilómetros finales. Me sentía fuerte. Demasiado fuerte.

Y entonces, cometí un error.

Del kilómetro 110 al 116 me dejé llevar por la euforia y apreté el ritmo más de la cuenta. En las ultras, la euforia siempre te pasa la factura.

LA FRACTURA: EL MURO

El primer aviso llegó en el «Descanso de peregrinos». Un pinchazo en el tibial izquierdo. Bajé el ritmo de golpe. En Aljucén el ambiente me dio una tregua surrealista: entré bailando «Sopa de caracol» mientras una voluntaria me decía que llevaba muy buena cara. Era un espejismo.

Antes de llegar a Mirandilla, un rayo atravesó mi tibia. Una corriente eléctrica me recorrió toda la pierna izquierda. Se acabó la broma. Quedaban 20 kilómetros y entraba en «La Güina», un tramo que, tras el paso de 2.500 personas, era ya un cenagal de trincheras.

Aquí es donde la carrera física termina y empieza el juego mental. El tibial me obligaba a cojear, lo que hizo que la planta del pie derecho empezara a colapsar por el sobreesfuerzo de compensar la pisada.

La voz en mi cabeza me dio permiso para parar. Pero yo tengo mis propias reglas.

Cambié el enfoque. El objetivo ya no era bajar de 14 horas en los 100km. El objetivo era la supervivencia. Convertí mi mente en un metrónomo táctico, como un tambor de guerra: Boom, un paso. Boom, otro paso. Avanza. No te pares. Avanza.

EL ACUEDUCTO

La bajada de la grúa hacia Mérida es un tramo donde siempre vuelo. Esta vez, el tibial dictó sentencia y me obligó a conformarme con un trote roto.

Antes de entrar en Montealto, allí estaban. Mi mujer y mi hijo. El impulso eléctrico exacto que necesitaba para no caminar en los últimos 3.000 metros.

Y por fin, el Acueducto. Estaba exactamente en el mismo sitio donde lo dejé a las 6 de la mañana, esperando como un juez imparcial. Le mostré mis respetos desde el Puente Romano y cambié el paso. Porque en meta, por mucho que duela, se entra corriendo.

145 Kilómetros. 21 Horas.

He sobrevivido al Vacío. 

El primer capítulo de TRIMINAL está cerrado.

Pero el show solo acaba de empezar.

Antonio Rubio – Sons of workout

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