Antonio Rubio lleva el nombre de Mérida al límite: 12 horas, 70 kilómetros y un desafío DEKA histórico
La crónica del protagonista.
CRÓNICA DE UN RÉCORD: 12 HORAS EN EL BUCLE
Los días previos a una prueba de este calibre el cuerpo lo sabe. Y te lo hace pagar con nervios. Pero el viernes, al pisar el pabellón de Guadalajara, el ruido mental se apagó y empezó ese cosquilleo inconfundible de la competición que solo aparece cuando algo de verdad está a punto de ocurrir. Costó dormir un poco más de la cuenta, pero el descanso fue bueno. A las 6:00 de la mañana del sábado estaba en pie. Desayuno tranquilo, viaje al recinto y preparación milimétrica de la zona técnica. Al levantar la vista, mi mujer y mi hijo ya estaban en las gradas. El ancla estaba echada. Solo quedaba correr.
El espejismo de las primeras horas
El inicio fue engañoso, como siempre ocurre en la ultra-resistencia. Las primeras tres horas fueron increíblemente buenas. Iba con el freno de mano echado, controlando pulsaciones, pero las vueltas caían mucho más rápido de lo previsto. Miraba el reloj y, al ver el ritmo, la cabeza empezaba a sembrar la duda: «¿Has salido demasiado fuerte? ¿Lo vas a pagar luego?». Salí a un ritmo proyectado para superar ligeramente las 15 vueltas. Me sentía invencible, pero sabía perfectamente que en algún momento ese ritmo caería a plomo. En distancias tan largas, la euforia inicial es un préstamo que siempre se devuelve con intereses.
El pozo de la Vuelta 11 y la trituradora de piernas
Todas las estaciones tienen su truco, pero cuando llevas horas repitiendo exactamente los mismos movimientos bajo la luz de un pabellón, todo se vuelve una tortura. Si tengo que elegir la peor pesadilla física, no fue una estación aislada, fue «el combo». La estación 10 eran los burpees con el RAM, el último obstáculo antes de cerrar la vuelta. Salías de ahí con el pulso alto y las piernas picando, tocaba correr, e inmediatamente entrabas en la Estación 1 de la siguiente vuelta: las zancadas lastradas. Burpees, carrera y zancadas. Un bucle perfecto diseñado para que los cuádriceps ardieran sin piedad durante las dos siguientes estaciones. Pero el verdadero muro no fue físico, fue mental. Y me estaba esperando en la Vuelta 11. Llevaba más de 9 horas. Mi cerebro hizo sus propios cálculos y dictó sentencia: me daba tiempo a hacer 13 vueltas, pero no llegaría a las 14. Ese número, el 14, era la mejor marca que yo había visualizado en secreto durante toda la preparación. Mi cabeza usó mi propio ritmo inicial como arma arrojadiza: «Habías salido a ritmo de 16, y ahora ni siquiera vas a completar 14». Entré en un bucle oscuro. El diálogo interno del que suelo hablar se puso a prueba ahí mismo. Tuve que atar en corto el ego, dejar de mirar el final y centrarme solo en dar el siguiente paso. Por suerte, logré romper el bucle al cruzar la meta de esa vuelta 11. En la Vuelta 12, mi amigo Pau se sumó para acompañarme. En la ultra-resistencia, una cara conocida a tu lado lo cambia todo. Las sensaciones mejoraron drásticamente y, al llegar a la octava estación, miré el reloj. El velo se levantó: las 14 vueltas no solo eran posibles – me daría tiempo a empezar la 15ª.
El trabajo en la sombra y la gasolina real
Nada de esto habría ocurrido sin mi equipo. La labor del support es silenciosa, dura y casi nunca se reconoce, pero este récord es tan suyo como mío. Durante las 12 horas, siempre hubo alguien en mi zona técnica. Una camiseta limpia, las cápsulas de sales exactas, el gel a su hora. Todo fluía. A nivel estomacal, el plan trazado con Anfra Nutrición funcionó como un reloj suizo. Solo al final, por exceso de líquido o un error de cálculo, me quedé sin isotónico y tuvimos que improvisar con agua y sales. Pero el verdadero punto de inflexión, la gasolina pura, llegó pasadas las 10 horas de carrera. La organización de DEKA tuvo un detallazo que no olvidaré en la vida: dejaron bajar a mi hijo a la zona técnica. Durante las últimas horas del récord, era él quien asomaba el brazo por la valla para entregarme los softflask de hidratación que yo pedía. Cada vez que agarraba ese bidón, las piernas pesaban un poco menos.
Hasta el último segundo
Crucé la línea de meta y cerré la Vuelta 14. Oficialmente, había superado cualquier expectativa. Desde la organización me miraron y me preguntaron : «¿Qué vas a hacer ahora?». Para mí la respuesta establa clara, en mi cabeza no existía otra opción posible. La palabra dada no se negocia. «Hasta que no pasen las 12 horas no entro en meta para terminar. Sigo hasta donde llegue». Empecé la Vuelta 15. Completé el tramo de carrera, destrocé las zancadas una última vez, ahora ya despreocupado, hablando con los míos, bajo la mirada atenta de jueces y organización porque ya no quedaba nadie en el recorrido. Llevaba 350 metros del siguiente tramo cuando me avisaron de que quedaban 40 segundos para el límite. Me desvié hacia la meta. Me planté frente a la campana. La golpeé 14 veces seguidas. Una por cada vuelta completada en la que no me había detenido a tocarla. El pabellón entero – el staff de la organización, los jueces, mi equipo, mi mujer – rompieron a aplaudir. Y justo ahí, de frente, estaba mi hijo esperándome con 14 medallas en las manos. Me puso una por cada vuelta. Cuando terminó, me fundí en un abrazo con él pensando en lo inmensamente afortunado que era. Ese momento me lo regaló Spartan y DEKA, y les estaré eternamente agradecido. Cerré los ojos. Sostuve la respiración durante dos segundos, buscando el silencio en mitad de todo el ruido del pabellón, y me dije a mí mismo: «Se acabó. Lo hice».
